Fernando Anaya tiene una virtud que me despierta envidia: es como el cristal. Ni en su persona ni en su literatura tiene necesidad de impostar. Plasma su mundo interior con la facilidad que respira y vive. Esa es la autenticidad de su voz y, tal vez porque es coetáneo a tiempos algo oscuros, su poesía se recibe como un rayo de luz, pero de luz amable que no ciega, sino que ayuda a contemplar el mundo con otros ojos, los suyos, repletos de candidez madura. Leo a Fernando e irremediablemente evoco los versos de Luis Rosales, que también escribió con la candidez de un niño maduro.