Serán muy pocos pero aún consuela saber que quedan tipos como él, para los que la amistad es generosa en hospitalidad, en tiempo y en palabra. Entre los amigos, en tiempo de copas, lo común es referirse a la bonhomía de Fernando, siempre con el margen de estupor de que el entusiasmo y la inocencia sean reales y tengan la capacidad de expandirse y confundirse con la fe. Es esa positiva fe en la vida la que parece animar tanto a Fernando, dispuesto siempre a tirar de unos y de otros, a unir a ese con aquel, a bucear por la mañana en los piélagos del Derecho Fiscal, sentir con el crepúsculo en Rosales y volverse a casa porque toca recibir para una tertulia o –más comúnmente- hay que acostar a las dos niñas. Mientras tanto, la cabeza vuelve a un verso viejo y ajeno o barrunta uno nuevo y propio. Pla lo hubiese considerado un ‘homenot’, un hombrazo, una de esas personalidades crecientes y benéficas, con el honor de ser fiel a sus admiraciones y amistades, según muestran las paredes de su casa, de esa casa donde se nos recibió con tanto regalo desde el primer día. Véase ahí algo inhabitual, las viejas artes del buen trato, la sociabilidad intelectual y la tertulia. Tiene también Fernando el punto de sentimentalismo inconfesable, esa rectitud que era característica del paterfamilias y que es otro de los atributos que naufragan cuando ya no hay valores. O quizá, cuando ya no hay fe. Incluso a la media mañana le pone un punto de alegría intercambiar correos con Fernando, que tiene siempre la recomendación o la ironía a la mano. He ahí un carácter mercurial, dotado para hacer un innumerable número de cosas a la vez. Es un despliegue. Todavía este verano me pasaré a la hora del gin tonic por Rosales, cuando él se deja caer por ese aparte para escuchar al mundo y escucharse el alma. Ya hemos estado tentados de hacerlo, algunas veces. Sólo un apunte para terminar su elogio: nunca le he oído hablar mal de nadie. Casi –casi- ni de José Luis Rodríguez Zapatero. Debe de ser que mira más arriba.