Irrumpí en casa de Fernando Anaya hace un par de inviernos, con una camisa rumbera por no sé qué causa. Camisa de manga corta para el frío y con estampas de los Beatles, estrafalario y curioso por descubrir a aquel de quien tanto me hablaba nuestro común Ignacio Elguero. Entré a un salón lleno de gente e ideas que saltaban como liebres por entre las copas llenas de vino, por los sillones de crin celeste (al menos así me gusta verlos). Y allí Fernando, como de toda la vida por primera vez, desabrochando poemas y pasiones con la elegancia de quien tiene el don de la empatía.
Recuerdo aquella noche, y recuerdo su casa, como un cobijo. Tomó forma entonces una brasa de amistad que va aumentando hoy su incendio y es, sí, lo es, hoguera de complicidad. Lo primero que me asaltó fue su pasión ilimitada por la poesía. Fernando vive en poema, piensa en poema, le corren por dentro luminosas palabras en vilo, un idioma entero del que extraer esas gotas de verdad que traen los buenos versos. Lleva adosada a su bonhomía de hombre con traje un río gramatical al que da forma en esa casa habitada de amigos incluso cuando está a solas. Ya quedó claro en su primer libro, "La geografía de las nubes", donde volcó su voz febril en textos donde el cortocircuito de la metáfora imponía su régimen de misterios. Fernando Anaya se mueve en los territorios de un irracionalismo que viene a nombrar, mejor que ningún otro alfabeto, el mundo. Cree en el lenguaje como una forma de descifrar la existencia y, de paso, descifrarse él mismo. La literatura es una conquista de lo imprevisto en sus brazos.
En aquel primer libro, publicado hace tres años, suenan sin fatiga un puñado de poemas ("Atardecer", "Fin de la adolescencia", "Mar", "La depreciación del alma"...) como una extremaunción sin agonía. Son una verdad que le late por dentro y nos deja una imprevista emoción, como viene inesperado un latigazo, o un puñal cantando sus verdades de acero. La genealogía poética de Fernando Anaya es plural, diría casi multitudinaria por efecto de su misma pasión contagiosa. He hablado con él de todo el 50, de los novísimos, de los poetas de los 80, de Emily Dickinson y de Eliot, y hasta de Dalí (ese pintor tan viejo desde muy joven)... De todas sus muchas lecturas saca nuestro poeta ideas necesarias, intuiciones precisas, sentencias nada sentenciosas que aventuran la curiosidad inexpugnable que le ronda. Porque Fernando Anaya, además de buen poeta que va ensanchando su recién nacida obra, es un lector de tonelaje, del que hurga en la arquitectura del idioma sabiendo apartar la chatarra de lo verdadero, el limo del metal noble, como aquellos buscadores de oro que se enfangaban en los lodazales de la vieja California hasta dar con la piedra exacta.
Casi diría que hay una voluntad alquímica en la forma que tiene de entender la escritura, palpando con las manos, picoteando con los dedos un abecedario salvaje por donde nos llega la revelación hecha imagen y sustancia. Sé que Rimbaud está en su santoral laico, por eso entiende la alquimia no como investigación (que lo es), sino como un modo natural de relacionarse con el lenguaje. Decía José Ángel Valente que "las palabras saben más que nosotros", y aunque nunca he hablado con Fernando de esta idea, sé que la tiene cerca, porque su poesía le conduce por rincones de sombra, por los vértigos del abismo, por las aristas del amor, por las multiplicaciones de la tristeza (él que es un hedonista entre libros), por el destello de la vida, por el gozo.
"Hay que empezarlo todo de nuevo a cada trabajo. Eso tiene / la escritura como carencia fundamental: la experiencia / no sirve / estorba", apuntaba Severo Sarduy. Lo sabe también nuestro protagonista. De ahí que sin olvidar su genealogía y con ancla echada en los arrecifes de un surrealismo renovado, Fernando ha llegado al estuario de su nuevo libro y va desembocando en él. Su decir sigue en la región exacta de lo oceánico, pero ahora empieza a ordenar sus propias tempestades en poemas que son, si bien más alquitarados, también más profundos. No es ese poeta repentino de "La geografía de las nubes", sino este otro que empieza a crecer en la templanza (que nunca mansedumbre) y sabe que el poema requiere vibración y cauce, oscuridad y orden, canto y desobediencia, respiración y madrugada.
Si un poema no encierra misterio se queda en notificación de juzgado, en acta notarial de emociones que se alivian mejor con aspirina. Fernando Anaya lo sabe (y si no lo sabe se lo digo ahora), por eso su obra en marcha tiene ese imán de lo verdadero, porque nace de los jardines de la sangre, porque arranca de una sístole de cosas por decir. Pertenece, ya sabéis, a la última promoción de poetas españoles. Está empapado de vanguardias históricas, pero no olvida el talco necesario de los clásicos. "En secreto transpira la oscuridad que nos vence", por decirlo con uno de sus versos. Es un espeleólogo por la "luz del fondo", donde decía Vicente Aleixandre que aullaba la poesía y su tuétano. Sólo un ser puede impedir que Fernando no se entregue por un día al oficio de las letras. Sí, la pequeña Macarena, con su luz de flores inéditas. Un beso, niña Maca, de quien esto malescribe.