Escribo a los inmutables de mi estima,
a los que aparecieron por impulso
y a los que siempre estuvieron.
A los que esquivan la sombra estéril del tiempo
y resurgen con el alma apretada en un abrazo.
A los que un día comprendieron
mi inevitable tendencia a aislarme,
a los que admiro y con los que reparto.
A los que su ausencia no dejará
de asaltarme en cada reposo.
Por el banal secreto que se guardó,
hoy ya olvidado,
por cada recuerdo compartido,
luceros en mi humilde bagaje,
por cada proyecto a realizar,
impermeable de la intención
que mata por dentro.
A mis interpretadores de sentidos,
por esta inagotable escuela
de mutuo aprendizaje.
A los pocos, a ellos.