Vicente Gallego
SEÑORA DEL PERDÓN
Señora del perdón, la más veraz,
señora de la infancia,
mi carcajada niña,
ni el loco sigue loco cuando ríe,
ni razona el discreto si lo enhebras.
No hay mejor religión,
no hay rebeldía,
no hay órgano que atruene tan en limpio,
no hay santo ni cuaresma
que aguanten tu feliz acometida.
Tú prendes en mitad
del triste pensamiento y lo arrebatas
a tu cielo de níkel y de plumas.
Tú repicas arriba,
en los tubos celestes varillados,
tú llegas de lo alto, risa baja,
azote de severos, y se cobra
tu fortuna en sonora en calderilla.
Si está riendo así
la vida de la muerte,
llevándole ganada desde antiguo
esa mano de últimas,
juntemos, reidores, esta viva
barricada de dientes,
plantemos nuestra enseña
más blanca y más segura.
Por esa carcajada del amigo
yo le acepto a la muerte su as de espadas;
por una, por cualquiera
de la boca pequeña que más quiero,
válgame la pelada calavera;
por otra que partió
la cáscara más dura y me hizo libre,
la pena de nacer
no la tengo por mía.
Solamente el que pueda
reírse de sí mismo escuchará la risa
que todo lo desata.
Para ti está sonando, y no la oyes,
la ráfaga hilarante del buen Dios:
qué pesada su broma.
Oh madre siempre joven,
abuela alegre y sabia, carcajada
que ignoras el respeto y dinamitas
el duelo y los prestigios, no me faltes,
mi pólvora maestra.