QUÉ hacer con el conformista,
con el inquisidor de oídas.
 
De qué hablar con el complacido
en la fatiga de no buscarse.
 
No hay palabra que os incorpore
de vuestra pertinaz muerte lustrosa,
 
        yo os maldigo
                lázaros del rédito,
            lacayos del número alienante.
 
Vuestros párpados mecen
el salitre de la ignorancia
entre la ovación unánime de sus desamparados.
 
A bocanadas de prepotencia,
a golpe de sangre de resina
juntáis las sobras de un tiempo en etiquetas
con el que hacer más grande su vacío.
 
Sois los exiliados del asombro,
pálidos cadáveres en la superficie.
 
Yo os compadezco,
            topos del aplauso,
porque nunca conoceréis
                        más allá de lo que os cuenten.
 
Sopor 
A Kiko...