Qué infeliz la boca que se desata,
cuerda de alevosa malicia,
jaurías de alusiones donde modera
el rencor del desengaño fugaz como el plomo,.
Carcajadas de sesgador alambre
cercan el resultado de toda súplica sincera.
Cementerio de voces,
almas de cenizas y sepulcro.
Les veo en su labor de cimentar malentendidos,
repugnante coro de asombros domesticados,
lavatorio de la propia inmundicia.
Estos comensales que elevan al vapor
de la diseccionada intimidad
son los dotadores de complacencia y castigo.
Ya silban sus lenguas de algarabía afilada que
comunican madrigueras de injuria impaciente.
A vosotros que volvéis
de tertulias de serrín desdentado
acechando otra vez con preguntas como cepos
os recibe solamente mi náusea.