Refiere una vieja historia, o al menos pudo haberlo hecho, que Dios, una vez hubo derrotado al diablo, se planteó la posibilidad de aniquilarlo, o al menos de encerrarlo para siempre en el sitio de su condena, de modo que jamás volviera a tener contacto ni con Él mismo ni con ninguna otra parte del Universo. Pero, siendo a fin de cuentas criatura suya -una creación que podemos suponer, como todas, originalmente inspirada por el amor-, decidió darle una oportunidad, ofreciéndole la posibilidad de rescatarse de algún modo si era capaz de presentarle una invención no indigna de ése su origen divino. Y el diablo lo hizo, qué no sabrá él; aunque, como correspondía a su naturaleza, su invento tuvo a la vez una cara divina, de justificación y de remedio, y otra diabólica de destrucción. Ese invento era el Tiempo. Que él, el Tiempo, ahora que cumples un año más, te deje ver siempre con preferencia esa cara suya que pudo convencer al mismo Dios, esa cara valiosa y afectiva, de rescate perenne de sí mismo. Con mis mejores deseos, José Cereijo