CONTINÚA la herida sin indulgencia,
la misma falla desde los siglos invertebrados.
Toda tu historia hasta este momento
sólo ha resultado ser acción preparatoria
del poso de tu herencia,
no eres más
que un instintivo depositario
de esta lágrima de mármol de todas las ruinas.
Hay un dios octópodo que se levanta y fallece
después de que la convulsión que inunda
de mortalidad a cada uno
disecciona
su momentánea existencia
y hace callar su arpegio de sudores,
una afonía del acto realizado,
sonoro descanso de este proceso de síntesis
de la casualidad al origen sostenido
por el estigma de una fecha.
Y se enciende la lucha por una boca,
ya nada eres o lo eres todo
porque hay otro tú que se alza.
La misión de tus conductos
por percutir
ya se ha cumplido,
sólo te queda
aprender a medir el tiempo
con una nueva variable.
Y comienza
la ascensión por un epitafio,
la íntima espera del encuentro
de dos átomos de carbono
en una línea recta.
Afortunado tú
que fuiste recibido
en la sagrada cripta del universo.