LA veo al otro lado del Café,
rígida, manteniendo su perfil
de días quebrados y noches en vela,
imperturbable guarda la ausencia
a quien sabe que ya no vendrá.
Una señora de edad avanzada
que dirían los pulcros
y quizás quede eso del cuerpo
que hoy le ciñe,
y sin embargo,
ese gesto con el que se da color a los ojos
escapa a toda definición demográfica,
la mariposa congelándose que es su mano alrededor
hace inmortal su coquetería.
La elegancia no es cuestión de edad
sino de actitud con la que se alza una copa
y en ese “gin-tonic” humedece
la venganza de una vida
que le ha dejado sin nadie.
No hay mayor valentía
que la de quien se pone de largo
para una cita solitaria de recuerdos
y mancha con carmín
el cortante vidrio de la pérdida.
Por eso brindo por usted, señora,
por esta lección de modales
para toda alma que se empeñe
en continuar a pesar de todo
y por saber que el primer respeto que se debe
es a uno mismo cuando se mira
en el silencio del cristal.
Brindo y me descubro
por la admiración que produce a este joven
la elocuente dignidad de su sonrisa.
(por favor camarero,
cobre lo que vaya a consumir aquella señora
y hágale llegar esta nota cuando yo me marche)