QUISO Dios, el destino o el peor de los demonios
que la voluptuosidad de tu sien no se perdiera
[nunca.
Atrapada entre la ceniza y la piedra
un mosaico retiene tu imagen
y el mismo gesto íntimo
con el que probablemente pereciste.
La serenidad de tu boca,
visible apenas,
mantiene el abandono
con el que te ofrecías.
Por azar sigue todo intacto:
la música despeinada sobre tus hombros,
tu aparente indiferencia de reina desnuda
enumerando entregas por leves suicidios.
Y qué es el deseo decías
sino una tentativa inútil por dejar de ser.
Quién podría pensar que tú,
cisne de termas oscuras,
novia fugaz de los instintos,
cayeras esclava por siempre de un esbozo.
Nadie sostiene ya tu rumor de desaparecida,
diosa del alivio,
rosada encubridora,
a tu espalda se citan los reos de la carne,
un cortejo de siglos,
que esperan
pacientemente
a ser petrificados.