QUÉ sabré decirme al final de todo,
qué palabra áspera y confusa remontará
con su faldón de despedida
para sellar mis labios
súbitamente.
Qué estampa,
qué último sorbo vendrá a la memoria
a recordarme lo que quedará de mi:
el resto de un suspiro abotonado
que se reserva su última lágrima.
Te escribo a ti, carne de mi carne,
amasijo de pasos que no volverán a ser dados.
Te escribo a ti
porque somos un mismo luto a destiempo,
único acto imprecisable y remoto,
ceniza en dos mitades.
Cuando tus huesos sean mera voluntad de moverse
volverás a esta hora que habito
arrastrado por
nuestra solitaria vocación de hablarnos
y harás por entenderme
como quien ve morir la tarde
apoyada su sien en el cristal,
contando cada segundo de mayor penumbra.
Imagino que no hay recuento más fiable
que el que se prepara a su abandono,
el desvinculado ya de esperanzas.
Imagino que entonces,
por lo que a mí respecta,
podré entonar
la certidumbre de lo que fui:
una conversación erguida,
un tálamo de verbos que comienza a troncharse.
Sólo así podré desaparecer
sin afán de huella alguna,
como el satélite
que una vez cumplida su misión fuese arrojado
al oscuro abismo.