CON la tensión de una falsa idolatría,
desde la honda tristeza de lo caduco
cae en mis manos
un viejo almanaque de colegio.
Semblantes absortos mantienen
el rigor de una postura
como si el ojo del tiempo
les mirara fijamente.
Yo estoy ahí,
el quinto sentado junto al director
o el segundo de pie
que apenas sonríe.
Generaciones que se acartonan
bajo un número de año cualquiera,
rostros que apenas sostienen
el equilibrio de lo desvanecido,
almas alineadas
en el contraste bicolor de las vitrinas.
Ya no están y sin embargo
me gritan en susurro imperceptible
el sabio remedio contra los relojes,
lanzan consignas que yo
difícilmente sostengo sobre mis hombros.
Espectros tan distantes y cercanos a la vez,
figurantes anónimos de mis retratos
os escribe vuestro compañero de limbo.