UNA pequeña lumbre enciende
mi yugular esta noche.
 
Sobre el sudario de mi clavícula
se desploma la flor erizada
suplicando unas décimas de alivio.
 
En esta maldita hora que rodea de dolores
tu frágil ínsula prendiéndose,
 
¿quién anuda por siempre
            este abrazo de tan adentro?
 
El termómetro precisa los treinta y nueve demonios
que cercan tu cara de ángel
y así permanecemos,
solapados
            por la incertidumbre irreal de la fiebre.
 
En vilo tu ascua de recién aparecida,
 
            quemazón a mi desvelo.
 
No te separes nunca, mi pequeña,
de estos brazos que tiemblan
sin tu calor.
 
Pequeña lumbre