Contaba Benavente que un señorón adinerado, con esa osadía que da la fortuna, preguntó a un poeta: “¿Es muy difícil escribir poesía?” Y el poeta le contestó: “O es muy fácil, o es imposible”.
Sospecho que el rapsoda exageraba al decir que para alguien puede ser fácil; pero sí comparto por completo la segunda parte de su respuesta: que para algunos la poesía es un imposible, un mundo inalcanzable; y no sólo en el aspecto de la creación, sino en la simple posibilidad de su disfrute.
Por eso a veces los poetas parecen un poco astronautas: tipos excéntricos que tienen la ocasión de pasearse por una realidad que la mayoría apenas es capaz de imaginar, y que pueden contemplar el mundo desde una perspectiva que no está al alcance del común de los mortales.
Por pertenecer a ese exclusivo club de los elegidos, por raros y druídicos, son gente peligrosa, en fin, los poetas. Son incontables los sasios que nos previenen contra esta raza. Ya decía San Agustín que la poesía es el vino del diablo.
Los abogados, por el contrario, son gente con los pies bien enraizados en el suelo. A veces tanto que cuesta horrores (o fortunas) conseguir que den un solo paso, porque siempre encuentran una disposición transitoria en la ley, o una adenda en el contrato que impide que se avance con agilidad.
No me consta que san Agustín dijera nada a propósito de los letrados, muy probablemente porque sus palabras sobre el tema serían irreproducibles para la tradición católica. San Bernardo, por el contrario, si les dedicó algunas de sus homilías: “Esa clase de gente sólo se aplica a fomentar la mentira; sólo son elocuentes contra la justicia y sabios para la falsedad”. Y esto no es lo peor, ni mucho menos, de lo que se dice y se piensa sobre los profesionales de la toga.
El caso es que uno conoce a Fernando Anaya y enseguida empieza a llevarle la contraria a San Agustín, y a San Bernardo. O sea que tratar con Fernando es casi ponerse en camino hacia el anatema. Incluso se aprende a mirar con otros ojos a los astronautas, que hasta entonces siempre nos han parecido unos tipos cuyas vidas carecen en absoluto de sentido.
Y lees luego la anécdota de Benavente, y te das cuenta de la suerte que supone tener cerca a uno de esos elegidos, con pasaporte y visa para el mundo de la poesía, por el que a veces nos regalan un paseo impagable. Y casi te dan lástima los adinerados con sus preguntas estúpidas, incapaces de entender que a los poetas simplemente hay que escucharles.